La sombra de la música

Cuando Vetusta Morla acaba de culminar la segunda parte de su concierto en el mitiquísimo Kafe Antzokia de Bilbao, y después de un eterno – pero imprescindible – solo de guitarra, Pucho, el vocalista, recuerda: “Quiero dar las gracias a Gaizka, Jontxu, Jota y a todos aquellos que estáis detrás de los escenarios haciendo todo esto posible”. El protagonismo de los técnicos de sonido en cada actuación se reduce a estos veinte segundos.

La labor de los “pipas” es extensa: mucha gente piensa que se reduce a colocar los instrumentos en el lugar del escenario que les corresponde antes de que comience el concierto, y de recogerlos cuando acabe, además de afinar las guitarras de la “estrella” y el micrófono del cantante, con un sonoro “Hola, hola, 1,2,3; 1,2,3,” que a muchos despistados aún hoy en día sigue emocionando, confundiéndoles con el rocker de turno.

Tras decepcionar a aquellos que pensaban que el show comenzaba, los técnicos vuelven a su lugar: la sombra. Ya sea detrás del escenario para salir en caso de emergencia o bien en la mesa de mezclas, normalmente situada justo a las espaldas del público, a éstos trabajadores todavía les queda una jornada de, al menos, tres horas por delante. Su verdadera labor comienza minutos antes del concierto, asegurándose que todo se encuentra listo para empezar.

Jota, técnico del Kafe Antzokia de Bilbao, lo sabe bien: “Hay que estar con mil ojos desde que los grupos salen al escenario hasta que acaban. La mesa de mezclas con la que trabajo yo, por ejemplo, tiene hasta diez entradas de sonido, y hay que saber manejarlas todas a la vez”. Pero no solo eso: tras la tensión contenida de las dos horas de actuación, toca una labor más simple pero no por ello menos costosa; devolver todos los instrumentos a la furgoneta de la banda. “hay que estar con mil ojos desde que salen al escenario hasta que acaban”.

Jota, durante una entrevista

Jota, durante una entrevista

Después de experimentar lo que se siente frente a los escenarios como batería en los ya extintos Ziklox Garaialde y Madarikatuak, y como actor en el grupo de teatro Titiriteros de Sebastopol, Jota decidió hace ya veinte años especializarse como técnico de sonido. Este incondicional de la música compagina su trabajo en el bilbaíno Kafe Antzokia con la dirección del estudio de grabación Musikorta, de Amoroto, que ha visto pasar a un gran número de grupos vascos, entre los que se encuentran los míticos Etsaiak o Txapelpunk.

 

“Engullir” la música

Su larga trayectoria profesional hace que tenga una visión muy clara de la música: “Es verdad que la aparición de la tecnología digital ha democratizado un mundo al que antes era bastante más difícil acceder, todo se ha hecho más accesible económicamente para todos”, comenta Jota, como una de las características positivas de la evolución, “pero esta misma digitalización ha traído una saturación de música que nos ha hecho dejar de apreciarla como debiéramos”, continúa. “Hay una generación que no ha vivido ni un solo día de su vida sin escuchar música: está en el supermercado, los bares, incluso en la consulta del dentista” – explica – “Lo que antes era un acontecimiento o algo especial se ha convertido ya en algo normal, incluso vulgar”, sentencia el técnico, que se atreve a utilizar el término “engullir” para hablar del consumo de música de hoy en día.

musikorta-estakakUna visión que su colega de profesión, Ángel Katarain, no comparte: “El mundo de la música cambia, ni a bien ni a mal, lo que cambian son los estilos y las modas, y eso depende del gusto de cada espectador”. Este veterano del sonido actualmente combina la realización de un documental sobre la historia de La Habana, ‘Semillas en el Tiempo’, con su trabajo en los Estudios Katarain de Azkarate, donde se ha autoproducido sus dos obras de estilo psicodélico, ‘Durango Azoka’ y ‘Al Fin’.

Katarain no cambiaría por nada del mundo todo lo que la música le ha regalado: “he trabajado con grandes personas, seguro que ha habido malas y las he olvidado, tengo buen recuerdo de los artistas con los que he trabajado”.

“Creativos enfermos”

Pese a ello, confiesa que este trabajo no se lo desearía a nadie: “Los que perduran en el tiempo son gente adicta, ‘creativos enfermos’ que sufren cuando están en otra parte, porque la música es su casa”. Quizás él sea uno de ellos, su larga trayectoria ha hecho de él un técnico respetado que puede permitirse “exigencias” con los grupos con los que trabaja: “Preparo una lista de necesidades que espero ver cubiertas el día de la actuación, pero esto me ha llevado muchos años de peleas y desacuerdos”.

“Llegar a ser alguien respetado en nuestro mundillo no es nada fácil”, le apoya su compañero Jota, “tu cara no se ve en ninguna foto ni en las portadas de los discos, por eso es algo complicado recibir muchas veces un reconocimiento”. El anonimato no es algo que afecte a estos técnicos; ambos están de acuerdo en que ver la música desde su posición es algo excepcional que, aunque difícil de comprender por muchos, es un placer saborear las melodías desde otra perspectiva tan singular: “Si de verdad quisiéramos ser famosos no nos hubiéramos metido en esto”, subraya Katarain, “¿Que un ‘felicidades por tu trabajo’ de vez en cuando viene bien? Sí, eso siempre, pero a nosotros y a alguien que trabaje de sol a sol en la obra”. Más claro, agua.

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